Sergio Gonal: «Agradezco muchísimo que la gente me vincule con la risa»

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En El más nuevo de los viejos, el humorista propone reírse de los cambios generacionales, las nuevas costumbres y las dificultades para adaptarse a un mundo que no deja de transformarse. En una charla con RANDOM, repasa su recorrido desde Videomatch hasta el teatro, habla de su regreso a la ficción con Disney+ y reflexiona sobre la familia, la salud y la importancia de no dejar momentos pendientes.

Hay una escena que podría resumir buena parte de nuestro tiempo: alguien mira el celular, descubre una llamada perdida que acaba de ocurrir y siente que llegó tarde. Antes, una cita quedaba pactada para el miércoles siguiente. Hoy, si alguien no responde un mensaje, aparecen las preguntas, las sospechas y la necesidad de saber dónde está. Entre una época y otra hay un territorio enorme para el humor. Sergio Gonal encontró allí el material de El más nuevo de los viejos, un espectáculo que convierte las diferencias generacionales en un espejo donde nadie queda completamente afuera.

Con décadas de trayectoria en la televisión y el teatro, el humorista marplatense conoce bien los cambios de ritmo. Fue parte de Videomatch, creó personajes que quedaron en la memoria de los espectadores y construyó una carrera sobre los escenarios de todo el país. Ahora, acompañado por el músico Joseph Chaparro y con textos de Christian Alonso, incorpora el lenguaje del stand-up a una propuesta que combina anécdotas, monólogos y música en vivo.

Pero la conversación con RANDOM va más allá del espectáculo. Gonal recuerda cómo aprendió a contar historias, explica por qué decidió dejar Videomatch sin resentimientos y cuenta que le gustaría explorar nuevos registros actorales, incluso el drama y el cine. También habla de los aprendizajes que dejan los momentos difíciles y de una filosofía que parece sencilla, aunque no siempre resulte fácil llevarla a la práctica: aprovechar el presente, compartir con los afectos y no quedarse con pendientes.

—El título del espectáculo tiene una mirada autobiográfica sobre la edad, la identidad y el paso del tiempo. ¿Cómo apareció la idea?

En realidad, todos los que tenemos cierta edad nos vamos actualizando como el teléfono que tenemos en el bolsillo. Todos los días nos tenemos que estar actualizando. Nosotros tratamos de subirnos a esta ola de modernidad porque no te podés quedar afuera. Nos tenemos que ir acostumbrando a que el auto se pide por una aplicación, las empanadas también y hasta gente podés conocer a través de una aplicación.

Entonces, uno trata de modernizarse y de ser todos los días el más nuevo de los viejos. Armé este espectáculo, que es bastante autobiográfico, pero tiene que ver con lo que está viviendo la gente en sí.

También vienen chicos jóvenes que se divierten muchísimo. Yo explico a veces que venimos de la época del asalto y no lo pueden creer. Dicen: “¿Qué es esa?”. Para ellos, esa es la previa. Bueno, para nosotros, la previa del asalto era toda la fiesta. Era ir al asalto y volver a casa. Se acabó. Los chicos se divierten y la gente grande automáticamente se pone evocativa de un tiempo que vivió. La conjunción entre una época y la otra causa mucha gracia por los contrastes. El humor es ese ribete grueso de algo que todos vemos, pero que vos tenés que subrayar en grueso para que cause gracia. Eso es lo que intento hacer con El más nuevo de los viejos.

«…Después de haber pasado por situaciones difíciles, trato de disfrutar todo. Busco que los días sean ideales y no quedarme con ningún pendiente…»

—El espectáculo reúne a distintas generaciones. ¿Cómo hacés para que el humor funcione tanto para quienes te siguen desde hace años como para los jóvenes que llegan por primera vez?

Este espectáculo tiene más el lenguaje nuevo que viene a través del stand-up. Es más referencial de cuestiones que vive uno, pero tenés que tratar de contar algo con lo que el otro se identifique. Hacerle sentir al espectador que él también pasó por ahí, porque es la única manera de que pueda causar gracia: que diga “che, a mí también me pasó eso”.

Ese lenguaje atrapa más al público nuevo, a los chicos que vienen con sus papás o a los nietos que vienen con sus abuelos. Me está pasando que vienen porque el papá les mostró algo mío a través de las redes. El otro día me pidieron una foto en la puerta del teatro. Una señora estaba con una nena de unos 14 años. La nena agarró el teléfono y le preguntó a la madre quién era yo. Los chicos no tienen filtro. La madre le contestó: “Es un influencer de mi época”. ¡Qué hermosa respuesta! Me encantó. Después nos quedamos charlando en la puerta del teatro y la nena se reía bastante.

—En el espectáculo intentás que las diferencias no se conviertan en una queja sobre los jóvenes ni en una idealización del pasado. ¿Cómo encontrás ese equilibrio?

Yo trato primero de no llevarlo a la queja. Lo pongo en el lugar divertido de decir: “Che, mirá lo que tuvimos que hacer nosotros para poder llegar acá”. Somos como un ejemplo de superación. Me parece que es un espectáculo que habla de la superación y no del paso del tiempo. Nos superamos como sociedad, nos superamos a través de la tecnología. A veces involucionamos en la cuestión de la educación, que también lo digo.

Trato de marcar esas diferencias para mostrar que en algunas cosas estuvimos bárbaros y en otras evolucionamos. Muestro lo que nos está pasando y después que cada uno saque sus propias conclusiones, porque tampoco soy el maestro Ciruela. Lo pongo arriba de la mesa y después hablamos.

Lo que más me gusta de este espectáculo es que es muy interactivo. Una vez que la gente entiende por dónde va, a los veinte minutos ya se siente cómoda. Sabe que yo no la voy a cargar ni le voy a hablar desde un lugar de superioridad. Entonces participa, me cuenta sus pequeñas anécdotas. Es buenísimo.

De las anécdotas a los personajes

—Mucho antes de que el stand-up se instalara como un lenguaje habitual, vos ya contabas historias de tu vida cotidiana. ¿Cómo empezó esa manera de hacer humor?

Si me pongo a pensar, en realidad yo contaba anécdotas. No contaba cuentos porque no sabía cuentos. Me pasó en un casamiento que un chico empezó a contar cuentos y yo no sabía. Entonces contaba algo que me había pasado, que era un poco más largo y causaba gracia.

Eso está relacionado directamente con el stand-up. Después, cuando tuve que armar un espectáculo, fui a estudiar teatro y empecé a construir un unipersonal. La manera más sencilla era ir atando muchos cuentos que tuvieran relación entre sí, porque no me podía poner a contar tantas anécdotas: tantas no tenía. Pero, si me pongo a pensar, de alguna manera todo nació así. Mi manera de contar ya estaba muy ligada al stand-up.

«…lo que uno tiene que hacer es darles una voz propia, modificarlos un poquito para que suenen más personales…»

—En Videomatch creaste personajes como Pajarrito, el diariero y el Lobizón del oeste. ¿Cómo funciona la creatividad? ¿Partís de observar a las personas, de una voz, de un gesto?

Funciona, primero, a partir de observar mucho. Al actor le enseñan que lo primero que tiene que hacer es observar, observar, mirar. Después, en el humor, tenés que buscarle particularidades a cada personaje, porque lo que llama la atención son justamente esas particularidades. Siempre traté de que cada uno tuviera las suyas.

Pero la creatividad no es mía sola. Siempre estuve rodeado de equipos, de gente. Las ideas son como una ensalada: vas tirando cosas en una ensaladera hasta que en algún momento queda bien. Por ahí agregás ingredientes y decís: “No, esto no marida con esto, no pega”. Hasta que encontrás la combinación.

Un personaje tiene una manera de hablar, de moverse, de vestirse. También hay que darle una psicología: de dónde viene, por qué habla así, qué le pasa. Pajarrito era un tipo al que mandaban a la puerta del canal y él pensaba que era gracioso porque se lo decía su mamá. Hablaba con la doble erre. Entonces, uno se pregunta: ¿de dónde viene este tipo?, ¿por qué piensa eso? Bueno, porque alguien le dijo en su casa que era gracioso y él se va a la puerta de ATC pensando que lo es. Es un caradura admirable.

Las ideas nunca parten de una sola cabeza, sino de varias. En este espectáculo están Christian Alonso y Joseph Chaparro, y también Guillermo Camblor, un exautor mío que ya es un amigo de la vida. Aunque no participa directamente, viene a las reuniones, suma cosas y eso me encanta.

—¿Qué te inspira la observación de la vida cotidiana a la hora de construir una historia?

Correr, salir, estar con mis hijos, ver cómo hablan los chicos y de qué se ríen. Eso es muy particular: cómo va cambiando el humor de acuerdo con la edad. Siempre digo que el humor es como una prenda que vamos cambiando a medida que maduramos. De chico te reís de una cosa, pero después, cuando sos más grande, no te reís de lo mismo. Hay una frase que escuché por ahí que dice que, a medida que te hacés mayor, sube la moral y baja la libido. Y es real.

Te ponés más moralista de grande. Decís: “No, pará, ¿cómo van a hacer ese chiste?”. Y cuando eras pibe te recontra reías de ese mismo chiste. Se ve que bajaron otras cosas y te causa gracia otra cosa.

—¿Cómo trabajabas esos personajes para que un cuento se transformara en algo propio?

En el Show del chiste, aquel segmento que hacíamos en Videomatch, me servía mucho personificar a cada uno de los protagonistas de la historia. Los hacía hablar de determinada manera, caminar de otra forma. Que los personajes hablaran diferente ya hacía que el cuento fuera un poquito distinto.

Esos cuentos andan dando vueltas por la calle. Te los cuenta uno, te los cuenta otro, el taxista, el que te despacha nafta. Ahora también circulan por Internet. Entonces, lo que uno tiene que hacer es darles una voz propia, modificarlos un poquito para que suenen más personales.

La decisión de dejar Videomatch

—En el momento de mayor popularidad del programa decidiste irte para construir tu propio camino en el teatro. ¿Qué te llevó a tomar esa decisión?

En ese momento yo veía que el programa tenía una dinámica de cambio importante. Cambiaba, renovaba. Yo no quería irme de ahí enojado porque, generalmente, cuando a uno lo echan, se va enojado. Lo veía en compañeros o excompañeros que se iban mal, enojados con Marcelo, que era el tipo que nos había dado esa oportunidad tan deseada.

Cuando llegué a lo de Marcelo, me encontré con un programa que se renovaba. Estuve seis años y pensaba: “Yo no me puedo ir enojado de acá. Me tengo que ir recontraagradecido”. Es como irte de la casa de tu papá. Me tenía que ir muy agradecido por toda esa oportunidad, por esa posibilidad de crecimiento.

Además, siempre estuve dispuesto a volver. El que se va sin que lo echen vuelve sin que lo llamen. De hecho, tengo una buena relación con Marcelo y, cada vez que me llamaron, volví a trabajar, aunque fuera como invitado, tratando de colaborar desde afuera.

Ese camino me permitió recorrer muchos teatros y hacer eventos. También me permitió protagonizar espectáculos con Juan Carlos Mesa, Emilio Disi, Mario Sánchez, Rodolfo Ranni y tanta gente que yo siempre había admirado. Quizás no lo hubiera podido hacer si no hubiera estado en Videomatch. Soy un agradecido por todo lo que me pasó. Siento que estuvo bien la decisión, porque me permitió seguir estando bien y construir mi propia carrera.

Con un poquito más de experiencia, quizás me hubiera podido quedar dos o tres años más. Marcelo me lo decía. Pero bueno, siento que tomé una buena decisión. No sé si armé una carrera muy grande o muy chica, pero armé una carrera al fin, y me permite seguir viviendo muy agradecido al público, que sigue apostando y apoyando mis propuestas.

—En esa carrera también hubo portazos y oportunidades que no llegaban. ¿Qué aprendiste sobre la perseverancia?

En nuestro trabajo, lo más difícil es la oportunidad. Hay muchos chicos que se quedan ante el primer portazo o porque alguien les dice que no pueden pasar. Y se preguntan: “¿Por qué aquel sí puede y yo no? ¿Porque no tengo una carta de presentación, porque no me manda alguien?”.

A veces no se animan solamente porque alguien les dijo que no. Si vos tenés un buen sentido de la autocrítica y creés que lo que estás haciendo está bien porque ya lo demostraste en varios lugares, me parece que tenés que buscar la oportunidad y no frenarte.

Tampoco se trata de insistir en cualquier cosa. Si querés jugar al fútbol y tenés las dos piernas izquierdas, no. Pero, si sentís que tenés algo para hacer, no te frenes porque alguien te cerró una puerta.

La actuación, Disney+ y una asignatura pendiente

—Hace poco grabaste Mejores enemigas, una ficción infantojuvenil que llegará a Disney+. ¿Cómo fue volver a ese registro y qué encontrás en la ficción que sea diferente de tu trabajo como humorista?

Me encanta. Me encanta cuando me llaman para este tipo de proyectos. Lo grabamos hace un tiempo y va a ver la luz ahora en diciembre. Es una serie infantojuvenil protagonizada por dos chicas, Camila Rojas y Emilia Esquivel, a las que vas a ver: tienen visos de grandes actrices.

También está Verónica Varano, que en la serie es mi exmujer. Es una compañera sensacional. Somos los papás de la protagonista. Moni, mi hija mayor, es la hija de mi personaje y, a su vez, me dio una nieta. O sea que tengo ahí un papel en el que soy el papá y el abuelo de las dos protagonistas.

Me encantó esa experiencia. Es una mezcla de serie y novela, con veinte capítulos de veinte minutos. Espero que funcione muy bien, así tenemos una segunda parte y me siguen llamando para este tipo de proyectos, porque la verdad es que me gusta mucho.

—¿Hay alguna faceta como actor que todavía te gustaría explorar? A veces, a los humoristas les cuesta que los convoquen para el drama.

Me gustaría, sí. En este país es como que te etiquetan y, una vez que queda puesta la etiqueta, es muy difícil sacártela. Tampoco reniego de esa etiqueta. Agradezco muchísimo que la gente me vincule con la risa, porque hay una palabra que con el paso del tiempo escuchamos mucho en la calle y que es hermosa: “gracias”.

La gente te dice: “Gracias porque pasé un momento muy difícil de mi vida y me hiciste reír”, o “gracias porque me reí con mi viejo en la última etapa”. La risa te lleva a un lugar lindo de tu vida. Agradezco tener esa etiqueta, pero como actor me gustaría probarme el vestuario del drama.

Lo hice únicamente al principio de mi carrera, en una obra de teatro que producía Moria Casán y que se llamaba Intriga bordó. Después no lo hice más. También participé en un capítulo de Un cortado, historias de café, que salió por Canal 7, pero no mucho más.

Me gustaría que me tengan en cuenta para un drama, para más comedias o para ficciones como esta que acabamos de hacer para una plataforma. Y hay algo que tengo pendiente en mi vida: el cine. Hasta ahora no hice cine. La serie es lo más parecido por el tratamiento y la manera de hacerlo, pero cine propiamente dicho, para la pantalla grande, todavía no hice. Me encantaría.

“…Trato de que todos los días sean días ideales…”

—Después de tantos años de carrera, ¿qué te gustaría que el público se llevara después de ver El más nuevo de los viejos, además de haberse reído?

Después de cada función, termino y cruzo directamente por la platea. Los espero a todos afuera, los saludo y me encanta escuchar lo que me dicen. Muchos se sienten identificados. Los de mi edad me cuentan una cosa y los chicos me dicen que no pueden creer que nosotros camináramos tantas cuadras para conocer a una novia, cuando hoy lo hacen directamente.

A mí me gusta ese espacio pequeño que deja un momento divertido, pero que también deja cierta reflexión. Me gusta que se vayan pensando en cómo nos vamos modificando. El otro día vimos un auto que vuela y te preguntás hasta dónde vamos con esto. Tenemos robots que trabajan en casa. No sé hacia dónde vamos, pero está bueno que sepamos interpretar los cambios sin perder los valores que nos inculcaban de chicos, que eso también estaba bueno.

—Después de haber atravesado momentos difíciles de salud, ¿cambió tu manera de mirar la vida y de establecer prioridades?

Sí. Después de vivir esas instancias, uno siempre dice: “Che, qué importante es la salud”. Pero cuando te toca atravesar esos momentos, te das cuenta de lo importante que es y de la importancia relativa de las cosas.

Es como que se acomodan las fichas de otra manera. Decís: “Che, antes corría mucho detrás de esto y no hacía tanta falta. Por ahí es más importante llenar momentos en tu vida”. Juntar momentos lindos que te gratifiquen: una comida con tus hijos, con tu mujer, con mi vieja. Pasarlo lindo y después tener una buena función. Entonces, lo que trato de hacer es buscar días que sean ideales. No quedarme con ningún pendiente.

—¿Cómo sería, entonces, tu día ideal?

Hoy, el día ideal para mí es un almuerzo con mis tres hijos, con mi mujer y con mi madre. A mi papá ya no lo tengo en este plano, pero siempre el día ideal se vincula más a la familia que a cualquier otra cosa.

Después, para hacerlo ideal, a la noche debería terminar ese almuerzo o esa comida, ese día en familia, y tener una muy buena función en el teatro, con quien sea, pero en un teatro, con la gente, con el público. Ese sería mi día ideal. Y tengo varios días ideales porque hago esas cosas muy seguido. Después de haber pasado por situaciones difíciles, trato de disfrutar todo. Busco que los días sean ideales y no quedarme con ningún pendiente.

Por ahí debe andar la clave de El más nuevo de los viejos. Reírse de lo que cambia, aprender a convivir con lo que todavía cuesta entender y reconocer que, mientras el mundo acelera, hay cosas que siguen mereciendo nuestro tiempo: una mesa compartida, una conversación y el encuentro con los otros. Para Sergio Gonal, la risa puede abrir esa puerta. Lo demás, como en la vida, queda en manos de cada uno.